Cómo las afirmaciones realistas superan el síndrome del impostor

En mi práctica como docente, a menudo observo cómo la cultura de la motivación «exprés» satura nuestras redes y mentes con mensajes que, aunque bienintencionados, carecen de un anclaje en la realidad neuropsicológica. Recientemente, tuve el privilegio de conversar con la doctora Lis —psicóloga, investigadora y docente— sobre un tema que nos atraviesa a todos: la diferencia entre la motivación vacía y la construcción de una confianza genuina.

El propósito de este artículo es desmitificar esas frases utópicas que terminan por agotarnos y proponer, en su lugar, un enfoque basado en la ciencia para combatir esa sombra persistente de «no ser suficiente». Si bien las afirmaciones positivas tienen respaldo científico para mejorar la autoestima, su efectividad real depende de cómocuándo y desde qué realidad nos las decimos.

Es habitual escuchar el mantra «Tú puedes con todo». Sin embargo, desde una perspectiva clínica, este tipo de positivismo puede generar lo que se denomina como una brecha de incertidumbre o gap. Cuando nos enfrentamos a desafíos complejos y el resultado no es inmediato, esa frase se vuelve contra nosotros, transformándose en frustración: «Si me dijeron que podía con todo y no lo estoy logrando, es que algo está mal en mí».

Para hablarse a uno mismo de forma efectiva, debemos acudir al concepto de Autoeficacia de Albert Bandura. No se trata de un optimismo ciego, sino de la confianza en nuestra capacidad para ejecutar las acciones necesarias que nos lleven a un resultado.

  • El peligro de lo utópico: Frases como «Eres valiente, puedes hacerlo sola» pueden generar presión y una sensación de aislamiento ante la dificultad.
  • El poder de lo realista: La clave está en basar la afirmación en conductas previas. En lugar de un genérico «puedes con todo», es más potente decirse: «Ya resolviste una situación similar antes, tienes los recursos para abordar esto».

Un hallazgo fundamental de la tesis doctoral de la doctora Liz subraya este punto: las personas con una capacidad cognitiva moderada pero con una alta Autoeficacia muestran un desempeño significativamente superior que aquellas con capacidades cognitivas elevadas pero baja autoconfianza. Creer en nuestras capacidades no es un lujo egocéntrico, es el motor que abre la puerta a intentarlo y, por ende, a lograrlo.

El Síndrome del Impostor: Una sombra que afecta a 7 de cada 10

Esa sensación de ser un fraude, de que nuestros logros son fruto de la suerte o de que «en cualquier momento se darán cuenta de que no sé tanto», es más común de lo que pensamos. Las estadísticas son claras: el 70% de las personas (7 de cada 10) han experimentado el Síndrome del Impostor.

Este fenómeno se nutre de dos fuentes principales:

  1. La comparación externa: Especialmente en entornos competitivos como el académico o el corporativo. La doctora Liz relata cómo, incluso con un doctorado, es fácil sentirse «pequeñita» al ver que otros tienen más citas o publicaciones.
  2. El silencio y la falta de feedback: En el entorno laboral, cuando no recibimos comentarios sobre nuestro desempeño, el cerebro tiende a llenar ese vacío con negatividad. Ante el silencio, solemos asumir que lo estamos haciendo mal.

Sin embargo, cuando recibimos una crítica feroz, el secreto profesional es separar el trabajo de la persona. El feedback es sobre el texto o el trabajo que hemos hecho en sí, sobre el proyecto, no sobre tu valor como ser humano.

Lecciones de progreso: Del aprendizaje infantil al éxito profesional

Para superar el perfeccionismo paralizante, debemos recuperar la capacidad de «Validación Incremental» que poseen los niños. El adulto tiende a ponerse un límite rápido tras el primer fallo; el niño, simplemente, sigue probando.

  • El ancla de los dos metros: Al aprender a andar en bicicleta, la caída es parte del proceso. Avanzar solo dos metros sin caerse ya es un éxito real. Ese pequeño progreso es el ancla sobre la que se construye la Autoeficacia futura.
  • El diálogo interno en el desafío físico: Liz comparte su experiencia personal al empezar a correr. Su mente le decía: «Voy a morir si corro, yo nunca aprendí a correr». Tras los primeros 200 metros, tuvo que parar. Sin embargo, siguió corriendo y al llegar a su primer kilómetro sin morir, rompió una barrera mental. No se comparó con un maratonista de 42 km, sino con su versión que no corría nada.
  • Valorar el propio «timing»: En lugar de frustrarse por no llegar a los 10 proyectos de otro/a colega, es vital valorar los tres o cuatro propios. Cada uno tiene un proceso y un ritmo diferente que no necesita ser igual al del otro.

Estrategias prácticas para hablarse con bondad:

Basándonos en la experiencia clínica de Liz —quien gestiona su propio diagnóstico de TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) mediante herramientas de regulación emocional—, estas son tres estrategias directas:

  1. Amabilidad (Kindness): Ser bondadosos con nosotros mismos implica validar los pequeños pasos. Es amigarse con el proceso y aceptar que, a veces, ser un «7 o un 8» es un éxito absoluto.
  2. Atención Plena (Mindfulness): No es solo relajación, es una herramienta de «retorno». Para quienes tienen TDAH o ansiedad, la Atención Plena sirve para decirse: «Vuelve, estás aquí, estás ahora, estás haciendo esto». Realizar afirmaciones de presencia 10 minutos antes de una reunión importante predispone al cuerpo y a la mente desde un lugar de seguridad.
  3. Romper el límite del intento único: A diferencia de los niños, los adultos solemos abandonar tras un error. Debemos permitirnos fallar, corregir y volver a intentar, entendiendo que el aprendizaje es una sucesión de ajustes, no un evento único y perfecto.

Conclusión: Construyendo una base para el futuro

Fomentar una conciencia emocional y un diálogo interno realista no es una cuestión meramente estética o de «sentirse bien». Es una herramienta de salud mental crítica. La doctora Liz enfatiza que la importancia de validar el esfuerzo y el camino propio desde la infancia es la base para prevenir desenlaces graves en la adolescencia y la adultez, tales como la depresión, la ansiedad e incluso casos de autolesiones.

Al final del día, el objetivo no es alcanzar una perfección inexistente, sino dejar de ponernos límites rígidos. Valora tu propio ritmo, reconoce el camino que ya has recorrido y, sobre todo, háblate con la misma amabilidad con la que hablarías a alguien que está aprendiendo a vivir por primera vez.

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